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viernes, 5 de febrero de 2010

no sumes que oscurece

Uno de los carteles que sí me di el gusto de colocar en el trabajo fue el que pedía que fueran más cuidadosas al momento de dejar el baño y tuvieran consideración de quien les siguiera en su uso. De todas las ironías que se me ocurrieron por tener que dejar un cartel tan obvio como respetar la higiene, hubo una que no quité. Fue un sencillo "Y no olvides lavarte las manos al salir" colocado después del "Muchas gracias" que cerraba el comunicado.

Las repercusiones fueron inmediatas. Por los escritorios, en rinconcitos por allí y por aquí, se escuchaban los murmullos de quienes se quejaban de la misiva. Pero en todos los casos la queja final era eso de lavarse las manos, que ya no se correspondía a la higiene general sino a la higiene personal (si no privada), y que no daba que se metieran con eso.

De inmediato registré una nota mental: no visitar los escritorios de quienes se sintieron ofendidas. Porque las ofensas sólo puedo interpretarlas como un rasguñito en el orgullo. En que sintieron que las acusaron de sucias por elegir no usar el jabón después de usar el inodoro, en su absoluto derecho de uso de libertad. Quise preguntarles si tenían claro para qué se usaba el baño, pero prefierí hacer silencio y bosquejar un cartel de esos que no verán la luz.


¿Creés que la higiene personal (particularmente el uso del baño) no es higiene general?

Juguemos al jueguito de Verdadero o Falso como en la revista Cosmopolitan. Por cada pregunta que contestes como Verdadero, sumá un punto.
Como resultado sabrás cuánto querrá la gente compartir baño (y oficina) contigo.

-Mis manos se desinfectan automáticamente una vez que cruzo la puerta del baño hacia el lado de afuera. No hace falta que me las lave.
-Como toco todo con la punta de los dedos considero que no me ensucio tanto las manos. No hace falta que me las lave.
-Como todos los demás se lavan las manos cuando usan el baño, está todo limpio y no hay nada que me ensucie. No hace falta que me las lave.
-Cuando toco los escritorios con las manos sin lavar después de usar el baño no desparramo gérmenes porque soy así de amarreta. No hace falta que me las lave.
-La señora de la limpieza viene todos los días. No hay tiempo de que transmitamos enfermedades entre nosotros. No hace falta que me las lave.
-Si sólo hago pis no pasa nada. Si hago de lo otro claaaaro que me limpio las manos.

Resultado:
0 puntos: sos de nuestro clan. Te invitamos a que te sumes a la movida.
1-2 puntos: te falta un golpe de horno. Ya tenés claro de qué se trata. Un esfuercito más.
3-4 puntos: intentaremos que nuestros recorridos en las oficinas sean divergentes.
5-6 puntos: agradeceríamos que te abstuvieras de usar las instalaciones.


Safe Creative #1002055463303

miércoles, 8 de abril de 2009

para qué sirven los recuerdos

Enfrentar la puerta de salida sabiendo que te espera una jornada con mochila a cuestas, horas y horas de caminata y montones de lugares nuevos por descubrir es sencillamente magnífico. Pero cuando al plan de paseo le agregamos que no hay ninguna certeza de baño público por el camino, una especie de miedo te invade y demorás la salida en reiterados, innecesarios e infructuosos ingresos al baño. No importa que se esconda el sol por la demora, ni que los patos se oculten ni que los museos cierren. No vas a querer estar con el cerebro obstruido por la necesidad y sin ningún toilette a la vista.

Madrid y Barcelona, además de tanto verde y lugares de descanso, nos dieron serenidad respecto a nuestras urgencias. Siempre encontraríamos un baño público en medio de la calle, o un local de venta de comida que nos dejaría usar los suyos sin peros ni quejas, o, cómo no, un Corte Inglés a la orden.

Mi problema comenzó en Londres. Allí, por lo visto, no existe ninguna obligatoriedad para los negocios de comida de tener baño para sus clientes. Ninguna. De hecho, en uno me mandaron al baño del negocio vecino, el cual, evidentemente, tendría un arreglo con ellos para evacuarles la clientela. Al tercer día de recorrer sus calles ya teníamos claro que para esas situaciones debíamos meternos en algún local de alguna cadena norteamericana. Así, los baños de starbucks y mc donalds eran un gracioso muestrario del turismo londinense.

La situación mejoró en Berlín, donde los WC abundaban, aunque en muchos de ellos debíamos pagar una tarifa que variaba sensiblemente entre uno y otro. Las búsquedas no consistían ya en un baño, sino en uno gratuito. Otra vez el ir y venir por calles y avenidas con la vista en un único objetivo que no se dejaba encontrar. Lentamente nos fuimos acostumbrando a la mecánica y a largar monedas, máxime cuando empezamos a notar que la pulcritud con que los mantenían hacía que valiera la pena que desdentáramos al cocodrilo.

En algún momento entre descubrir los baños arancelados y nuestra aceptación de su privatización, yo empecé a querer ir al baño cada dos por tres, incluso cuando estábamos recién a dos cuadras de donde nos hospedábamos. Esta cretina obsesión fue llegando calladita y sin hacerse ver. Pero se hizo evidente cuando la necesidad surgía al poner la mano en el picaporte de la puerta de salida. Era absurdo, era una niñería: "mamá, quiero pis" a dos cuadras de la casa. Me remonté a mi infancia y empecé a recordar la cantidad de veces en las que caminábamos por horas con mi mamá por la calle. ¿Cuántas veces me habrá dicho 'bancame acá que no aguanto más'? Yo no recuerdo ninguna. Consideré entonces que si ya tengo casi la edad que tenía mi mamá cuando me hacía trotar por toda Buenos Aires y ella podía esperar a llegar a casa, ¿por qué no podría yo esperar al almuerzo o a la llegada al hotel? Santo remedio. Mi cerebro enunció un gualicho y la obsesión se fue de patitas a la calle sin volver a molestar por el resto del viaje.

Resultado:
Londres 0 - mi mami 1

Ah, por otra parte: el cocodrilo ahora come puré. Se aceptan donaciones para una nueva dentadura.

martes, 24 de febrero de 2009

agua pública

Una de las cosas que me asombró de viajar por diferentes países fue encontrar una amplia gama de mecanismos de desagüe y de apertura del agua dentro de los baños. ¡Y no sólo en los inodoros! Tengo para contar también de lavabos y de duchas.

Capítulo 1: la ducha
Sucedió en dos de los tres hostels que habitamos en Berlín. Hora de la ducha. Hostel impecable. Baño muy cuidado. Busco cómo se abre la canilla y sólo encuentro un monocomando (hasta ahí nada nuevo) pero con tecnología pressmatic, esa que saca una cantidad de agua fija cuando se presiona. No cabía en mi asombro. Los primeros cinco minutos los dediqué a buscar cuál era el mecanismo que había que activar para que se mantuviera fijo y no tener que presionarlo cada 30 segundos (al tiempo que mi cerebro repetía incansablemente "me están cargando"). ¡Claro! Yo daba por sentado que ese mecanismo existía, porque no podía ser que pretendieran que me bañara apretando el grifo a razón de 2 veces por minuto. Pero era así. Si no, ¿qué sentido tenía que pusieran esa tecnología en las duchas, no? Economizar agua, que le dicen. En definitiva, me sumé al juego. Usé el agua necesaria para enjuagarme y en los momentos en que no la requería, no la hacía correr. En el siguiente hostel la situación fue la misma. Y después ya me quedó un poco como manía (para variar) aprovechando que las duchas tenían monocomando y la temperatura quedaba ya ajustada. En los momentos que no resultaba estrictamente necesario, cerraba el agua. ¡Y más planeta para todos!

Capítulo 2: el lavabo
Firenze. Bar en el que nos daban el desayuno del hotel donde parábamos, a falta de espacio para que lo sirvieran en el mismo lugar que donde dormíamos.
Después de tomar el violento café con leche, que me dejaba temblando por tres horas, de comer la "factura", que me dejaba las manos enchastradas, y de leer algo en el diario, que me hacía sentir que entendía algo de italiano, fui a quitarme la melaza que había pasado de la factura a mis dedos. El baño era un recinto de una sola puerta donde entraban tanto hombres como mujeres. Ahí estaba la pileta para las manos y los inodoros estaban detrás de las puertas que sí separaban a las gentes por su sexo (discriminación! discriminación!). Como es el clásico proceder, me puse jabón líquido, hice espumita y, cuando quise enjuagarme, válgame Dios, ¡no había grifos! Ustedes dirán "mujer, el detector de manos". Yo les contestaré: tendrían que haber visto el estado y la antigüedad de ese baño para que ni se les pasara por la cabeza semejante idea. Pero por suerte a esa altura del partido ya estaba, además de hiperestimulada por el café, preparada para que las cosas no fueran como lo esperado. Después de buscar por los lugares cotidianos, miré por debajo de la pileta (ahora no entiendo cómo se me ocurrió eso) y encontré un pedal. ¡Sí, señores! Un pedal mediante el cual se abría el flujo del agua. Mecanismo inteligente, por cierto. Podés usarlo en continuado y cuando te vayas será imposible que dejes el agua corriendo (a menos que pierdas un zapato) ¡Ahora ya lo saben! Si no hay grifos, tal vez haya pedales. Y si no, que el Señor los ilumine o que el baño tenga depósito de agua para poder quitarse el jaboncito.

Capítulo 3: el inodoro
En la muy modernosa National Gallery de Londres, donde el sistema de lavabos era óptico pero con el detector por encima de la canilla (había que encontrarlo, eh!) guardaban también una curiosidad para cuando fueras al baño. Ustedes vieron como es eso de usar los baños públicos. Uno los usa y después tira de la cadena/aprieta el botón. Pues bien. Cuando me incorporé para apretar el botón, ¡Madre Santísima!, la cadena se tiró sola. Yo pensé, "ay, Dios mio, acá alguien espía". Pero no. La tecnología justamente apunta a reemplazar las actividades humanas por demás tediosas, como andar espiando por un agujerito para ver cuándo la persona terminó de eliminar todo lo eliminable y hacer correr el agua, por algo que lo haga sin humanos de por medio y con igual efectividad y eficiencia (se supone). Después vi el cartelito que informaba que el desagüe se activaría solito cuando uno se alejara del retrete. ¡Cosa 'e Mandinga!

En definitiva me vine a enterar de semejante forma que las cosas que conozco como obvias en verdad no lo son. Y que hay gente que proyecta e inventa en cosas tan cotidianas que, al menos a mí, me asombran sobremanera.